He visto llover en varias ciudades, y cada una tiene un aura diferente. Puedo recordar haber visto por la ventana del coche de mis padres cuando era niño, y ver una ciudad de México en movimiento con la lluvia. Nada la detenía.
Ahora, con varios años más sobre mi, puedo ver a través de la ventanilla del autobús, como las gotas de lluvia mueren chocando contra el vidrio, dejando que sus cuerpos inertes resbalen. Otorgando a Querétaro una visión diferente. De armonía entre el presente y el pasado. Como si la lluvia limpiase las calles de una modernidad imparable y vertiginosa, para transformarse en una ciudad donde puedes ver los fantasmas de personas hace siglos muertas.
Y como las personas recorren en unión cada una de las calles. No temen mojarse. Tampoco la enfermedad que puede surgir. Otras corren en busca de un refugio, y unas pocas precavidas interponen un escudo entre el cielo y sus cabezas.
De esta ciudad, me gusta pensar que las posibilidades son ilimitadas. Es decir, en una megalópolis, sería poco común a alguien abrazar la lluvia. En cambio, a veces se me viene a la cabeza un escenario de personas que abrazan, corren y juegan con la lluvia como si de una vieja amiga se trate.
Pero, de todas las visiones que más me alegra imaginar, es de una joven cuyos ojos cafés y sonrisa de latón caminando con un cigarrillo entre los dedos. Viendo como las calles se inundan. Mira con recelo el reloj, sabiendo que será imposible llegar seca a su hogar. Sus botas favoritas se habrán arruinado por dos días en los que estarán sobre su ventana intentando secarse.
A veces, me imagino encontrando a esa mujer. Cruzar la acera, saludarla. Preguntarle si ha oído sobre la lluvia que seca. Abrazarla. Y ante las farolas que dejan entrever la cortina que cambia de color la ciudad, creerme valiente. Dejar que nos veamos a los ojos. Sonreír. Sentir el calor. Descubrir que las calles son diferentes con el sosiego de los dos.
Saber que de una u otra forma, Querétaro nos mata.