La vida en sí es sólo una visión, un sueño.
Nada existe, salvo espacio vacío y nosotros.
Y nosotros no somos más que un pensamiento.

martes, 29 de octubre de 2019

Incompleto

El silencio fue tu mejor respuesta.

Aquella tarde supe lo que realmente sentías. No porque lo hayas dicho, sino el mero hecho de no haber respondido fue suficiente como para haberme dado cuenta. Recuerdo que te encontré por la mañana, no por casualidad. Había esperado ese momento. Sabía que el salir contigo, al fin solos, iba a ser el inicio de un plan para confesarme.
Ese día creí que todo salía viento en popa. Tenía planeado únicamente los lugares en los qué comer y terminar la salida. Sabía por experiencia que no me serviría de nada planear mis palabras.
Te presentaste con un vestido negro. Ese que deja ver tus piernas lo suficiente como para perder el aliento. Y botas con tacón, las que nos dejan a la altura justa de los ojos. La boca se me había resecado cuando te vi a la distancia. Ese trago de saliva me costó la vida entera, ya que casi me ahogo cuando te saludé. Tu perfume, ese que es como oler fresas por la mañana en una pastelería me dejó mareado. Tuve que contener mis ganas de morderte para averiguar si no estabas hecha de pastel.
Caminamos por las calles del centro. Las casas se pintaban de rojo, y pensando que eran tus labios, mordí el viento que se arremolinaba detrás tuyo. Aprovechando el calor que caracteriza a nuestra ciudad fuimos por un helado. ¡Qué casual y novedosa sonaba la idea de tomar un helado contigo! Como si a nadie en el pasado se le hubiese ocurrido. Pero cuando con una sonrisa aceptaste la propuesta, me sentí como el mayor inventor que hubiese existido.

Mientras caminábamos y en la plática sin sentido, hubo un momento en que nuestras manos chocaron. No fue algo planeado, sólo una de esas casualidades que pueden sonrojar a cualquier persona por haber sido un contacto diferente al habitual. Recuerdo la tensión de mi cuerpo y los vellos en mi nuca se erizaron en espera de tu respuesta. El pensamiento automático "qué hará" fue inevitable y cuando voltee pude ver como habías recogido tu mano, pegándola a tu cuerpo con ayuda de la otra. Dejé pasar esa señal tan clara, esperaba estar malinterpretando.
Pasadas las 3 de la tarde, fue el momento de comer. Durante el tiempo que esperábamos, te recogiste el cabello y sonreíste. En ese momento pensé en apartar la mesa que estorbaba, tomar tu cintura y de un parpadeo responder qué es arte. Callar a los poetas. Mostrar a escultores como hacer una estatua usando solo las manos en tu cintura. Enseñarle a cantar a Pavarotti. Explorar selvas, descubrir hombres pájaro y mujeres gacela. Ralentizar el tiempo con tus ojos y detener el corazón con tus labios. Hacer magia. Pero me hablaste de algo diferente y ese universo en mi cabeza se quebró para ponerte atención. Sólo alcancé a sonreír. Y a falta de algo más que decir, me dispuse a comer el plato que estaba enfriándose enfrente de mi. Antes de pedir la cuenta, soltaste un suspiro acompañado de un "no sé". Quise averiguar a qué te referías, qué era lo que no sabías. Pero no contestaste.

A medida que se acercaba la tarde, sabía que empezaba a ser el momento de buscar un lugar donde pudiera tener mayor facilidad de hablar sin distraerme. En la caminata encontramos un parque al pasear entre callejones. De esos que le devuelven el verde a una jungla de pavimento gris. Solamente había unos cuantos ancianos que, a paso lento hacían un probable recorrido de memoria con la esperanza de volver a sentir el viento desordenando su cabello ahora desaparecido. De imaginarme esa situación no pude evitar reír. Volteaste a preguntar porqué de pronto había empezado a reír. Quizá era la adrenalina, o era el verte de frente tapando la luz del sol que se quería ocultar, lo que me hizo ver lo que tanto me gustaba de ti. Como la luna, eres capaz de atrapar cualquier brillo y transformarlo en algo tuyo. Los rayos que se colaban entre los árboles te daban un efecto de tener una aura dorada. Combinaban perfecto con tu piel. Por primera vez pude adentrarme en tus ojos, que negros como el carbón, anuncian una noche de estrellas ocultas por grandes nubarrones que se instalaron en tu frente a modo de cejas. Y como buen astromántico, uní las constelaciones que se juntaban entre las comisuras de tu boca y frente para dar con una constelación en forma de flecha que apunta a tu boca. Con esa imagen en mente, pude tomar el valor suficiente para invitarte a sentar en una banca en medio del parque. Envalentonado por una tarde que me invitaba a averiguar como se verían mis labios impregnados de tu labial rojo, y que olor tendría tu aroma mezclándose con el mío.

Empecé a sudar frío en las manos. Tú no lo notaste. De pronto era como si el mundo hubiera sido reducido a un cuadro de unos cuantos centímetros, esos que me estorbaban para llegar a tu cuerpo. Junté mis manos en un intento desesperado de conseguir un poco de calor antes de empezar. Tú estabas distraída viendo un cachorro que perseguía a su humano. Tropecé con mis propias palabras antes de empezar. Se trabaron en mi garganta y lo que salió podría haber sido considerado como mi entrada a la pubertad. Carraspee para intentar recobrar el brío en la voz. Y empecé a hablar, con la lentitud que caracteriza al que intenta no equivocarse con sus palabras. Tú escuchaste con atención. Creo que ya sabías lo que iba a decir. Cada palabra que decía, parecía que fuiste capaz de predecirla sin esfuerzo alguno, pues una vez que empezaron a brotar tu sonrisa se desdibujó para dar paso a unas manos que intentaban cubrir un sentimiento que no fui capaz de identificar. Ya conocía ese gesto. Cientos de veces lo había visto antes, pero pensé que era la única ocasión en la que podría tener la oportunidad catártica de decirte lo que siento. En el fondo esperaba equivocarme. Que de un momento a otro en tus ojos se iluminaría la estrella polar, y tu nariz diese un resoplido intentando ocultar el alivio y esperanza. Pero nada de esos sucedió. Para terminar mi discurso roto, entre tartamudeo y temblores alcancé a decir "megustas". Todo junto y rápido.
Parpadeaste dos veces y el silencio se hizo presente. Aquellas risas de hace unas horas parecían haber desaparecido en años. No fuiste capaz de decir nada. Comprendí que el tiempo es en efecto, relativo. Todo lo que había al rededor se ralentizó. Podría jurar que ese juguete caído de las manos de un niño que corría, tardó años en caer y romperse. Hasta fui capaz de contar cada uno de los aleteos que dió el colibrí que volaba a tu lado. Porque aún en tu silencio, sabía que eres como una flor. Pues al final, no eres de nadie, más que de ti misma. En ese momento sentí que había envejecido 10 años. 
"Eso es todo lo que tenía por decir", mascullé. Y derrotado alcancé tener el tino de admitirme vencido con una simple pregunta "¿Nos vamos?". Bajaste la mirada y te levantaste. Empezamos a caminar hacia la parada de autobuses. El regreso estuvo acompañado de silencio, como un antónimo de las sombras que se proyectaban del ruido que causamos cuando nos reunimos. Al acercarnos, pude escuchar como algo a lo lejos se rompía. Algo que jamás iba a ser lo mismo. Y ambos lo sabíamos. 

Llegamos caminando a paso lento. Una pareja hacía tiempo y dejaba escapar cada uno de los camiones que les separarían. Eran incapaces de soltarse. Su abrazo era sempiterno. El cielo oscurecía y las farolas se encendieron. En el peor momento pude verte con poca luz. Me fue imposible no sentir sed al verte. Con hambre de gritar, de no admitir mi caída. Abrazarte y quizá atrapar en mi un poco de ti. Pero sabía que no valía de nada. La decisión estaba tomada. Agradezco que mis ojos no sean perfectos, pues tuve la oportunidad de verte como al arte. Tú primero y el fondo desenfocado. El camión que necesitabas no tardó en aparecer. Nos despedimos de lejos y sacudiendo la mano. Un adiós en la boca y un beso susurrado, atrapado en el aire. Subiste los escalones y pagaste tu pasaje. En ese momento volteaste, dudaste por un segundo y alcanzaste a decir "No sé, a veces creo que tú a..." y el camión arrancó. Sin dejarme oír y quedándome por siempre con la duda de qué podría haber sido lo que terminaba esa frase.

lunes, 5 de agosto de 2019

Lluvia

He visto llover en varias ciudades, y cada una tiene un aura diferente. Puedo recordar haber visto por la ventana del coche de mis padres cuando era niño, y ver una ciudad de México en movimiento con la lluvia. Nada la detenía.
Ahora, con varios años más sobre mi, puedo ver a través de la ventanilla del autobús, como las gotas de lluvia mueren chocando contra el vidrio, dejando que sus cuerpos inertes resbalen. Otorgando a Querétaro una visión diferente. De armonía entre el presente y el pasado. Como si la lluvia limpiase las calles de una modernidad imparable y vertiginosa, para transformarse en una ciudad donde puedes ver los fantasmas de personas hace siglos muertas.
Y como las personas recorren en unión cada una de las calles. No temen mojarse. Tampoco la enfermedad que puede surgir. Otras corren en busca de un refugio, y unas pocas precavidas interponen un escudo entre el cielo y sus cabezas.
De esta ciudad, me gusta pensar que las posibilidades son ilimitadas. Es decir, en una megalópolis, sería poco común a alguien abrazar la lluvia. En cambio, a veces se me viene a la cabeza un escenario de personas que abrazan, corren y juegan con la lluvia como si de una vieja amiga se trate.
Pero, de todas las visiones que más me alegra imaginar, es de una joven cuyos ojos cafés y sonrisa de latón caminando con un cigarrillo entre los dedos. Viendo como las calles se inundan. Mira con recelo el reloj, sabiendo que será imposible llegar seca a su hogar. Sus botas favoritas se habrán arruinado por dos días en los que estarán sobre su ventana intentando secarse.
A veces, me imagino encontrando a esa mujer. Cruzar la acera, saludarla. Preguntarle si ha oído sobre la lluvia que seca. Abrazarla. Y ante las farolas que dejan entrever la cortina que cambia de color la ciudad, creerme valiente. Dejar que nos veamos a los ojos. Sonreír. Sentir el calor. Descubrir que las calles son diferentes con el sosiego de los dos.
Saber que de una u otra forma, Querétaro nos mata.

miércoles, 10 de julio de 2019

Onirico 1

Podría haber dejado el tema sin tocar. Es mucho más fácil cuando una situación que se vuelve incómoda se deja morir y jamás se desentierra. Pero no, tenía que recordarlo. La sensación, emoción...
Era demasiado como para dejar que destruyera algo que nunca tuvo nombre hasta poco después de haber sucedido. Y es que se me hace normal que haya sucedido, pero lo que no se me hace normal es que el efecto haya sido contrario a lo que una vez pudo haber surgido,
Por eso es que esa noche tendría que esforzarme en saber cómo volver a revivirlo. Pero tenía varios problemas para poder hacerlo, y uno era curiosamente alguien que bien podría haber sido contado como buen amigo.
No quiero decir que me caiga mal, por el contrario es una persona que estimo a pesar de chocar en algunos puntos de vista. Pero para poder tener una plática más allá de lo normal en un bar, tendría que dejarlo afuera.
Por eso es que cuando llegamos, le pedí a mi otro amigo (el que tendría que fungir como aliado en este caso) que en caso de que sucediera, evitara que se nos juntara y arruine un momento incierto.

No puedo relatar muchas cosas de lo que sucedió después. Podría echarle la culpa al alcohol, pero realmente es porque no me acuerdo. Y quiero evitar llenar con mentiras o relleno lo que podría ser una historia probablemente un tanto interesante. Quizá fueron las bromas, confesiones, quejas habituales, y compartir los mismos pensamientos que se dan durante los preliminares de los bares.

Lo importante de esta situación es el haber monitoreado sus movimientos. Estar más pendiente de sus ojos, fijarme a sus movimientos y sentir las veces que nuestros tactos coincidieran. Cosa muy rara en mi, pues nunca he sido capaz de detectar cosas tan pequeñas como lo puede ser una mirada, una palabra o un gesto.

Ya había pasado algo de tiempo, el reloj no jugaba a mi favor. Pronto sería el momento en que tendría que irme y al ver que no podría lograr mi cometido. Así que rendido, salgo a la terraza para fumar un cigarrillo. Por suerte estaba vacía y eso la hacía más cómoda, aprovechando que había viento y le daba la sensación de estar más fresca de lo que el día había sido.
Llevaba apenas 2 caladas del cigarro y una voz me distrae de mis pensamientos. Era ella, pidiéndome que le regalara uno de los que me quedaban porque a ella se le había olvidado su cajetilla en la mesa.
Sin pensarlo le extendí la mano para que la tomara y le presté el encendedor.

Hubo un momento de silencio, entre incómodo y normal. Entonces me pregunta sobre porqué no les había dicho que me iba a venir a fumar, porque ella con gusto me acompañaba. No supe qué contestar, pues tendría que decir que era un pequeño escape ante la derrota de mi nula habilidad social. Ella me sonríe, dándome a entender que no tenía que responder. Camina al barandal y se apoya, mirando a la ciudad que alegremente brillaba artificialmente frente a nosotros.
Me pregunta sobre como me ha ido, y comenzamos una plática un poco más cercana. Hablando sobre el tiempo que hemos pasado incomunicados, el trabajo y las dificultades que se han presentado...
Y...
Mi corazón se estaba acelerando. Sabía que se estaba acercando el momento de tener que sacar el tema de la mordida. Temía la respuesta y estaba dando vueltas infinitas a cada una de las respuestas.
¿Le gustó? ¿ Desagradó? ¿Era necesario decirlo?

-Y bueno, no lo sé. ¿Hay algo más de lo que quisieras hablar mientras estamos aquí?- Preguntó mientras volteaba a verme. No puedo recordar el momento en que se viese más atractiva. Iluminada levemente por los faroles de la calle, dejando ver la mitad de su rostro y la otra oculta levemente por el manto oscuro de la terraza que mala iluminación tenía. Su cuerpo estaba apoyado de espaldas al barandal que le llegaba a la cintura y le favorecía en sus curvas. Eso, sin olvidar mencionar que traía un vestido entallado que dejaba ver un cuerpo trabajado.
En ese preciso instante escuchamos que la puerta corrediza se estaba abriendo lentamente, como si la persona que estuviese detrás no quisiera que pasara el viento. Volteo y veo que es Jordán. Y antes de que pudiese abrir completamente la puerta, Ron aparece y ágilmente le toma de los hombros, dice algo y se van.

No puedo describir el alivio que sentí cuando vi que se alejaban. Sabía que se me había regalado un poco de tiempo más. Pero no era capaz de poder dar con las palabras que podrían transmitir lo que realmente quería. Y ella, en lo que podrían haber sido años, paciente, estaba esperando la respuesta.

-Yo, bueno...- Comienzo dando traspiés y maldiciendo mi torpeza para poder hablar, aún cuando mis habilidades de escritura no son nada malas. -Esteee… Bueno, quizá sí hay algo que podría tener pues... Atoorado.-
-Pues dime- Contesta sonriendo.
-Ajá. Bueno, lo de ese viernes. Tal vez.-
-Ese es un buen tema chavo. Qué bueno que lo tocas. ¿Qué te pareció?-
-No lo sé. No fue algo que hubiese esperado. Menos de esa forma y en ese lugar.-
Ella sonrió un poco y no pudo bufar un poco por aguantarse la risa.
-¿Esperabas que fuese en un lugar más privado, sólo nosotros dos? ¿Algo así como estamos ahora?-
Las preguntas al ser totalmente inesperadas fueron como un pequeño golpe en la boca del estómago, pero sabía que tenía la oportunidad de elegir los mejores diálogos que quizá ayudaran a salvar un barco que se daba más perdido que el Titanic.
-Quizá, pero no me quejo de eso exactamente. Sino que mi mayor preocupación es que nunca supe como tratarlo.
Sin darme cuenta estábamos más cerca. Casi al punto de poder percibir en mi nariz la combinación mortal del aroma natural de su piel más el de su acondicionador de cabello que desde hacía mucho tiempo me había atraído.
Nuestros ojos se habían clavado en los del otro. Los suyos, grandes y cafés como el barro del que los dioses aztecas nos hicieron no se apartaban de los míos.
-Pues es cierto que nunca lo hablamos. Tampoco lo que podríamos haber significado el uno para el otro. Pero no sé...-
Entonces la noche ganó, cada una de las estrellas se volvieron más grandes y como si fuera mágia podía escucharla cantar. Mientras nos acercábamos lentamente, mientras que en el horizonte el sol se ocultaba y levantaba en una velocidad vertiginosa. Nuestras sombras se tocaban y las palabras sobraban
Y antes de saber qué es lo que seguía, un vórtice gigante me absorbió, llevándome por cada una de las realidades posibles para despertar en mi cama, preguntándome que es lo que había sucedido.

martes, 29 de enero de 2019

Noches sin frío

Recuerdo que esa noche sentí calor.
Aún en época de invierno, tu tacto inspiraba en mi la suficiente comodidad para siquiera notar el frío en mi piel. Quizá eras tú quien suplía al calor. O podría haber sido tu cuerpo sobre el mío el que curaba mis heridas y al cerrarlas, impedía al viento su entrada.
Te besaba y no era sólo tu piel la que tocaba, sino cada una de las cicatrices que llevabas en el cuerpo. las acaricié como quien sabe que con el cariño suficiente cualquier golpe sana si le das la atención debida. Pasé mis dedos por cada una, demostrando que eran parte de ti, y que yo las lamería hasta que no hubiera huella. Jugamos a callar al silencio, un concurso de quien grite más alto y el premio un orgasmo.

Ahora, soy yo el que lleva por cicatrices aquellas huellas donde pasabas tus manos; me doy cuenta que me he descuidado tanto que no supe cuidarlas o apreciar cada una en su momento.

Aquella noche nos dormimos con la respiración acompasada, y tu mano sobre mi pecho. Hicimos de una cama extraña un hogar, un nido donde nuestras alas descansaban. Le robamos tiempo al reloj, confundiendo el minutero por el horario y las manecillas giraban al revés.
Desperté y te vi dormida. No me atreví a moverme, pues sólo así podía cuidar de tus sueños un poco más.

Recuerdo con una sonrisa en tu rostro despertaste, te lanzaste a besarme a falta mejores palabras que un simple "buenos días". Le quité la luz al sol, y la puse en tu mirada. Fuimos desayuno, comida y cena de un sólo tiempo.

Esa semana fuimos felices.

Querétaro

Hoy al despertar di por hecho que todo el día iba a ser una mezcla de color grisáceo, olor a petricor y el dulce aroma de un café instantáneo recién hecho a razón de intentar recuperar el calor perdido a causa del frío. En la mañana disfruté de la sensación de saberme caminando entre el viento, cubriéndome el rostro para después no tenerlo congelado, aunando el hecho de pensar que el sol en su letargo no aparecería en un buen rato; peor al llegar la tarde, mientras leía un libro en el camión rumbo a mi universidad, algo me distrajo obligándome a alzar la vista, alegrándome en el acto por esa causalidad.

Pude ver que las nubes y el filtro melancólico del gris dieron paso a un sol que regalaba una caricia tímida de calor, de esas que buscas cuando no soportas más su ausencia y sales en su búsqueda hacia algún establecimiento con clima artificial. Pero en lugar enfadarme por ver que el día que llegué a considerar perfecto se había transformado en su contrario; digno de las postales que le enviarías a alguien querido, presumiendo de los paisajes que disfrutas, me hizo darme cuenta que en Querétaro hay una magia que no hay en ningún otro lugar.
Si me daba el permiso de sorprenderme en lugar de dar por hecho, en cada camino que recorría o exploraba por la ciudad, sería capaz de ver un color diferente, una sensación que no sólo por la naturaleza o infraestructura de las casas podía sentir, sino que la misma gente ayuda a crear un ambiente de tanta tranquilidad y con la intención de seducirte a adentrarte en las entrañas de la ciudad.

Querétaro es un lienzo de diversos colores, aromas y texturas. Donde la época colonial se encuentra con la moderna en una sintonía cuasi perfecta, que además, predomina algo importante, el calor, que no todas las personas podemos soportar, pero que aprendemos a apreciar. Y es que si en algún momento alzas la vista, quizá encuentras algo que habías perdido durante el camino sin siquiera saberlo:
La capacidad de admirar un simple día soleado.

Silencio

Si un día el silencio te puede,
te roban la voz y la ahogan
y la soledad como única compañía
aparece
Buscaré en cada mirlo,
jilguero o ruiseñor enviar una canción
de simple ritmo y una sola oración,
para que te la cante bajito y al oído
"no estás sola en este mundo"

Volver a verte

Quiero volver a hablarte, 
tener la oportunidad de llevarte a mi casa
por la noche.
Abrir una botella de vino barato
Chocar las copas y dejar que escurra
(Re)conocerte y saber de nueva cuenta quien eres.
Que las horas avancen
mientras la botella se vacía.

Quiero que el vino haga efecto y se te olvide
como beberlo.
Que unas gotas resbalen por las comisuras de tus labios.
Y la única forma de limpiarlos
sea
a
besos.