La vida en sí es sólo una visión, un sueño.
Nada existe, salvo espacio vacío y nosotros.
Y nosotros no somos más que un pensamiento.

domingo, 11 de diciembre de 2016

Viviendo a partir de memorias olvidadas

No estoy muy seguro sobre quién fue la persona que afirmó que la memoria es más una maldición que una bendición, pero he de decir que no puedo estar más de acuerdo con dicha oración.
Y es que el problema de tener  buena memoria (o al menos una mayor capacidad para recordar ciertos momentos que los demás no) es que siempre traes ciertas cosas presentes.
Promesas que volaron en el viento, palabras, acciones, vivencias, etc. Puedes recordarlas, algunas con un mayor detalle que otras pero, siempre acedes al recuerdo, cosas que las demás personas quizá no puedan recordar.

Y es que es de los recuerdos sobre los que descansa parte de la maldición. Podría decirse que vives en el pasado, ya que te ofrece cierta protección que el presente no puede. Apoyarse del recuerdo, permite de una u otra manera, transformar un segundo en días. Congelas el tiempo en una imagen que sólo tú puedes ver dentro de tu cabeza.

Encontrando como un dilema que podría ser que ese preciso momento que recuerdas con tanto cariño, puede que no sea real, y a través del tiempo (y aquellos deseos de estirar un poco de mas la realidad/verdad) el recuerdo se corrompe y es ahí cuando dudas si es real.
Puedo asegurar que un gran porcentaje de recuerdos que tengo no han sido contaminados, ya que creo que lo especial sobre ellos es que radican sobre una realidad no ensayada. Nadie le dijo a la otra persona qué decir o cómo actuar, sino que fue la misma persona quien dijo lo que pensaba, actuó conforme quería, en fin, tomó sus propias decisiones. Eso es lo que para mi, lo que define y hace lo real y hasta especial.

El problema aquí está en que puede que considere varios momentos y personas dignas de recordar (incluso hay algunas que aparecen fugazmente aunque no o haya tratado mucho con ellas) pero esas personas, puede que no se acuerden de mi. Y es ahí donde nos encontramos con la mayor parte de la maldición sobre el recuerdo, mientras yo atesoro los recuerdos y los guardo con cariño, los demás podrían haberlo desechado sin miramiento alguno.
Claro, no se puede asegurar tal hecho, pero siempre esta la posibilidad, y sobretodo, nadie está exento de desechar alguna situación de la vida que otra persona está atesorando. Todos estamos condenados al olvido.

Y es el monstruo silencioso, aquel que nadie ha visto, pero todos conocen. Algunas veces falso héroe y otras (la mayoría) un villano ruin y cruel que puede acabar con una persona con solo mencionarlo. Para quien esté preguntando, sí, sí estoy intentando huir y esquivar el olvido. Principalmente porque me aterra que algún día no pueda ser capaz de invocar aquellos recuerdos, esos trozos de mi vida. Pero también porque de tantos pedazos que atesoro hay algunos que puedo traer al presente, los que más me significan y siento que me han formado para poder decir "soy yo". De una u otra forma, tengo ésos recuerdos tan arraigados de mi que me resulta imposible describirme sin tener que mencionarlos. Los he guardado bien, de forma que el olvido, el monstruo insaciable jamás pueda encontrarlos.

Y hay unos recuerdos en específico, de quizá dos personas, sobre tiempos determinados que irónicamente se sincronizaron en fecha pero años diferentes. Esas personas ahora envueltas en una bruma de memoria, las guardo y me significan de tal forma que tardaría todo un libro entero para explicarlos.

¿El problema? Para esas personas, yo ahora formo parte de los que viven en el valle del olvido, ahora están con alguien más, creando nuevos recuerdos, reemplazando a los antiguos. Está bien, para cualquier persona el escrito podría rozar en lo dramático o quizá en una queja, pero es porque es mi mejor manera para sublimar aquello que siento y pienso.

Necesito apoyarme del único arte que podría decir que domino. Y es por ello que claudico ante su olvido y sublimo mis recuerdos en un intento desesperado por nunca enterrarlos, aún cuando quizá, sean esos recuerdos los que me enferman un poco más.

Pero... Nadie ha dicho que sea malo utilizarlos para realizar algo que podría ser de utilidad, aunque sea para mi. ¿Cierto?

Y contando

La verdad es que sí que te he extrañado.
Me da miedo pronunciar tu nombre, pues parece que alguien llegará y me dirá "Esa persona jamás existió".
Ocho son las letras que conforman tu nombre. Tres son los recuerdos que obligo a mi mente ocultar en lo más profundo del baúl de los recuerdos para que al momento de que llegue el olvido a buscarlos, no los encuentre.
Y los mantengo vivos, a reserva de que la casualidad me permita encontrarte una vez más. Pero (siempre en toda historia debe existir un "pero") lo que marca aquí la ironía es el olvido, ya que en mi carrera para huir del mismo, no me di cuenta que caí en el tuyo.
Me escudo bajo un cúmulo de palabras y silencios para que la gente no pueda entenderme. Quizá sólo interpretarme.
He hecho lo imposible por encontrarte. Es tanta mi necesidad y testarudez que te sigo buscando.
Resulta deprimente ver a un marinero aferrado a la idea de encontrar a la sirena de voz melodiosa, que le mostró cierta belleza, pero que a la par, sabe que la sirena ahora no puede (ni quiere) recordarle. Puedes encontrarme pidiendo a gritos que los grandes faros de color café me muestren el camino para avanzar en la tormenta. Si pones atención, podrás encontrar que escribo para mantener a raya la locura. Que escribo para mantener alejado a la indiferencia.
Para mi mala suerte, fuiste cuestión de viento. Y es que realmente quema, todavía quemas. Por todo lo que fuimos sin llegar a ser. Cuando te vas, sólo te vas.
Desde entonces, desde que te fuiste grito tu nombre a voces, lo grito pero no lo puedes oír.
El viento al querer hacerme el favor de llevar mis palabras a tu oído, las pierde y te hace oír a los árboles meciéndose tranquilamente. Trayéndome por respuesta... Un silencio sepulcral, casi de muerte.