La verdad es que sí que te he extrañado.
Me da miedo pronunciar tu nombre, pues parece que alguien llegará y me dirá "Esa persona jamás existió".
Ocho son las letras que conforman tu nombre. Tres son los recuerdos que obligo a mi mente ocultar en lo más profundo del baúl de los recuerdos para que al momento de que llegue el olvido a buscarlos, no los encuentre.
Y los mantengo vivos, a reserva de que la casualidad me permita encontrarte una vez más. Pero (siempre en toda historia debe existir un "pero") lo que marca aquí la ironía es el olvido, ya que en mi carrera para huir del mismo, no me di cuenta que caí en el tuyo.
Me escudo bajo un cúmulo de palabras y silencios para que la gente no pueda entenderme. Quizá sólo interpretarme.
He hecho lo imposible por encontrarte. Es tanta mi necesidad y testarudez que te sigo buscando.
Resulta deprimente ver a un marinero aferrado a la idea de encontrar a la sirena de voz melodiosa, que le mostró cierta belleza, pero que a la par, sabe que la sirena ahora no puede (ni quiere) recordarle. Puedes encontrarme pidiendo a gritos que los grandes faros de color café me muestren el camino para avanzar en la tormenta. Si pones atención, podrás encontrar que escribo para mantener a raya la locura. Que escribo para mantener alejado a la indiferencia.
Para mi mala suerte, fuiste cuestión de viento. Y es que realmente quema, todavía quemas. Por todo lo que fuimos sin llegar a ser. Cuando te vas, sólo te vas.
Desde entonces, desde que te fuiste grito tu nombre a voces, lo grito pero no lo puedes oír.
El viento al querer hacerme el favor de llevar mis palabras a tu oído, las pierde y te hace oír a los árboles meciéndose tranquilamente. Trayéndome por respuesta... Un silencio sepulcral, casi de muerte.
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